En 2003 recibió un diagnóstico que le daba 2 días más de vida. Hoy ella ayuda a cientos de personas venezolanas con VIH al llevarles tratamiento desde Colombia. Este es su testimonio.
“Mi nombre es Raiza Farnataro de Arias, tengo 63 años y, bueno, vivo con VIH hace 22 años. Este año cumpliré 23 años. Me dieron 48 horas de vida y aquí estoy, viva. Tengo servicio funerario comprado y todo eso porque, supuestamente, ese fin de semana no viviría.
Pero siempre digo que tengo una misión de vida y, pues, mi misión es esta: ayudar al prójimo y a las personas que están detrás de mí.
De verdad, el VIH ha sido una bendición. Para muchos, un desastre. Para mí, una bendición, porque he conocido mucha gente. Ahora tengo una familia nueva que, aunque no es de sangre, es de sangre también por el VIH.”
Desde hace 5 años forma parte de un proyecto con AHF Colombia y otras organizaciones aliadas para garantizar que no falten antirretrovirales para las personas venezolanas. A la fecha, ha llevado 280 personas a la clínica de AHF en Cúcuta, ciudad fronteriza del lado colombiano.
Crisis de atenciones venezolanas y medicamentos
Es bien conocida la crisis de escasez de provisiones y medicinas que se vive en Venezuela. Por su naturaleza, los medicamentos antirretrovirales no pueden suspenderse y reiniciarse con facilidad. Y así, la sociedad civil de personas con VIH se movilizó hace una década para encontrar la medicación fuera del país.
Venezuela se conocía como un país con riqueza entre las organizaciones que dan ayuda humanitaria. Pero las cosas habían cambiado. Y, por ejemplo, el Fondo Mundial de Lucha contra el VIH, la Malaria y la Tuberculosis, gestora de las necesidades de las personas con VIH en el mundo, no aceptaba ese cambio.
Sin embargo,”logramos, junto a la Red Venezolana de Gente Positiva, de la cual soy subdirectora a nivel nacional, que el Fondo Global nos diera medicamentos. Tuvimos que hacer un proyecto de monitoreo y evaluación de farmacias y centros de salud, junto con los mismos usuarios y pacientes del programa.
Demostramos que Venezuela estaba en rojo. Teníamos 60 mil personas sin tratamiento, pacientes muriendo porque no había acceso a los medicamentos. A la final, el Fondo Global entendió. Después de tanto trabajo, nos dieron medicamentos.”
“Porque, aunque algunos activistas teníamos acceso al medicamento gracias a entes internacionales como Aid for Aids, muchas personas no tenían nada.”
Viajando a Cúcuta y de vuelta
“Desde 2015, cuando en Venezuela comenzaron las fallas de medicamentos, mi esposo y yo decidimos viajar a Cúcuta. Viajábamos hasta dos veces a la semana con grupos diferentes para retirar medicamentos. En algunas ocasiones retiramos hasta 170 tratamientos y los pasamos por la frontera. Atravesamos 27 alcabalas sin miedo.
Todavía me encuentro guardias que me dicen: “¡Señora! ¿Usted todavía está viva?”
Y yo les respondo: “¡Y ahora es que me queda vida!”.
En el terminal, nos llaman “el autobús de los condones”, porque cada vez que viajamos entregamos preservativos.
Cuando llegó la pandemia, bueno, mire, hasta medicamentos, recibimos gracias al señor José Jaime de Derechos Humanos de San Antonio y la doctora Regina López, quien en ese entonces era la oficial del país de ONUSIDA en Venezuela. De verdad, fue una experiencia grandiosa, saber que tendríamos medicamentos.”
Altas y bajas, pero mucho compromiso
En la voz de Raiza, todo parece sencillo, pero han vivido muchas dificultades, políticas y personales. Tuvieron problemas con el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN). Faltaban los medicamentos y había persecusión.
“Fui perseguida por el Estado. En 2019, tuve que irme a Colombia. En Cúcuta vivía mi suegra y mis cuñadas. Mi esposo y yo salimos como dos perseguidos, porque el SEBIN nos buscaba para llevarnos presos.
¿Por qué? Porque recibíamos medicamentos cuando se usaba mucho el Kaletra. Esos tratamientos venían de A4A, junto con fórmulas lácteas para nuestros niños. Nosotros donábamos esos tratamientos a nuestros pacientes. Pero el mismo Estado no entendía que el programa de salud nos enviaba autorizaciones para entregar el medicamento. Cuando la Corte Interamericana de Derechos Humanos demandó al Estado, pudimos regresar a Venezuela.”
Su vuelta se retrasó un tiempo por una caída inesperada.
Y la vida no se detiene: la señora Raisa perdió a su esposo, también activista. El fue parte del pequeño comité que sentó las bases de la colaboración con AHF Colombia, cuyo programa en el país es específicamente para dar tratamiento de VIH a personas venezolanas.
Con los años, Raiza perdió salud, pero no por el VIH, sino como consecuencia de tener diabetes, osteoporosis y otras condiciones.
No, nunca he tenido miedo
“Siempre fui una mujer luchadora. Desde niña fui líder en el colegio.” Y asegura que nunca ha tenido miedo de nada. Enfrenta lo que haya que enfrentar y se dice dura de carácter. El rechazo y el estigma, “se le resbalan.”
“Cuando llegué al VIH en 2003, no sabía nada. Solo pensaba lo que muchos creían: ‘Eso es de gays, el que lo tiene se va a morir‘. Fui a un encuentro en Valencia, organizado por la Red Venezolana de Gente Positiva. Me impresionó ver a los activistas. Desde entonces, decidí hablar y luchar.
Hoy, represento a las mujeres venezolanas en el Movimiento Latinoamericano y del Caribe de Mujeres Positivas. Porque las mujeres seguimos siendo vulnerables, pero aquí estamos. Hasta mi último respiro, seguiré luchando.”
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